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viernes, 5 de febrero de 2010

¿PORQUÉ TAN SERIA, LOBITA? ¿tú porqué crees...?

Paseando esta helada mañana de febrero por las memorias menos tiernas de mi infancia, me he topado con el recuerdo de mi tío contrabandista, quien era fanático de ver las caricaturas matutinas de la Warner Brothers. Como yo tenía en promedio dos o tres años (sí, la época dulce en que no tienes que levantarte a las cuatro de la mañana al baño y te puedes sacar los mocos en público...) se sentaba conmigo a un lado a ver... bugs bunny, silvestre y piolín, el correcaminos (favorito de mi tía) los hermanos warner y... Batman. Porque sí, a mí me sentaban a ver Batman. Tal vez por eso no crecí normal, porque una niñita de tres años sueña con ser una bailarina, tene muchas barbies y encontrar un castillo mágico con muchos unicornios y bla bla bla. Pero noooo, yo crecí deseando ser una súperheroína, tener muchas armas para darle chicharrón a todos los malnacidos y encontrar mi propia baticueva (que en tal caso se llamaría lobitacueva). Me arruinaron la infancia y me convirtieron en la desquiciada que soy hoy en día, jajaja.
Amaba ésa serie, era muy especial para mí, diversión no común en una niña. El único problema fue cierta personita que desde el instante que aparecía me ponía los pelos de punta: el Guasón (o Joker). Saben bien que les tengo pavor a los payasos, ¿no? ¿Y qué efecto creen que tenga en una mente débil e inocente como la de una bebé ver a un payaso haciendo masacres? Aaaah, ¿ya ven?
Fue una suerte cuando vi la película de Burton (Batman, 1989) y en ella el payasito de la tele pasaba a mejor vida (cero spoilers, todo el mundo la vio). Me sentí relajada ante una idea cultivada muy pronto en mi cabeza respecto a los villanos: por más malos que sean, siguen siendo mortales. Y pasaron los años, llegó Batman Beyond (serie de porquería), dejó de gustarme y crecí un poco más normal con Hello Kitty y las Chicas Superpoderosas. Hasta que hace no más de dos años apareció de la nada... esto:
Mi mente rescató de las profundidades sus viejas pesadillas y me aterré ante la perspectiva de combatir ahora con un Guasón nuevo y, por consiguiente, peor que el de las caricaturas o que el de Nicholson. Y cuando me enteré que el nuevo payasito era Heath Ledger (pobre, que en paz descanse el zopenco) no pude menos que reírme. ¿Él, un niñito lindo y súper tierno que sólo había visto en Corazón de Caballero y El Patriota? ¡Ja, qué buen chiste! Pero no, no era ninguna broma ingeniosa. El caso es que fui a verla y lo primero que encontré fue una cara que no era la suya, el "niñito" no estaba ahí, sino mis máximos temores. Aaaaay, mamá...

La película se convertía de un vals animado a una danza macabra con sólo verlo aparecer, o escuchar el molesto zumbido que lo acompañaba segundos antes de atacar. Tuvo un efecto colateral en mí que resultó a la vez beneficioso y perjudicial: me encantó. De entre todos los payasos que pude haber escogido (llámense también Lagrimita, Costel, Krusty) lo elegí a él. ¿Porqué? Remordimiento por su muerte, aburrimiento mental, identificación... elijan la que quieran que cualquiera es cierta. Una parte de mí se sentía identificada con él, tanto por mi gusto por el humor negro como por la sensación de no ser como el resto (para empezar, prefiero mil veces a Beethoven que Banda Pelillos). Así que hasta cierto punto fue bueno.

¿Lo malo? Ah, nada, excepto que mi creciente fanatismo culminó en amenaza porque mi santa madre me advirtió claramente que o dejaba al payasito de la tele o que me fuera despidiendo de mis objetos más preciados y me preparara para una cita con un psiquiatra. Pues sólo así se acabó el encanto, volví a tener coulrofobia y a ser normal (bueno, lo que es normal en mí).

Como han pasado ya dos años y su tumba ya fue olvidada, como el rumor del pleito entre Hugh Jackman y Jack Nicholson ya se disipó, como ya ganó un óscar y la gente ya no está tan alterada con ésta joya de Chris Nolan (joya tan preciosa como El Gran Truco, Memento y Batman Inicia) puedo recordar tranquilamente las escenas escandalosas y siniestras del Guasón y sonreír, ya no con intenciones de asustar a quien me viera, sino por gusto. Y claro, siempre acordarme de la consabida frasesita que lo hizo famoso:

¿Porqué tan seria, Lobita?

martes, 5 de enero de 2010

PERSONAJES DE MIS AMORES, O COMO PERDER LA CABEZA EN EL CINE


Ok, ¿asi o más confuso el título? Pero es la realidad, es MI realidad.

Todos alguna vez hemos ido al cine, yo en lo personal he ido 7 veces este año. No importa, una conocida mía va cada fin de semana (¬¬, ¿con un sueldo de maestra de inglés puedes hacerlo?).

Entonces, ¿en qué íbamos? Ah, sí, el cine. Bueno, a mí me gusta el cine, está ubicado en el tercer puesto de lugares a los que me gusta ir en mi top 5.

5° Parque o cualquier zona natural, como un bosque.

4° Albercas.

3° Cine.

2° Plazas, de preferencia en el atardecer para salir de noche. ¡Amo la noche! (efectivamente, estoy bien loca).

1° Playa. Claro, dos veces en la vida no es mucho... :(

Volviendo a lo que nos concierne, ¿quien no ha disfrutado estar sentadit@ en una sala a oscuras con sonido digital y viendo a su actor/actriz preferid@ haciendo proezas físicas o emocionales dignas de un premio o ver en acción en vivo a sus superhéroes de la infancia? ¿Quién no ha gozado comer palomitas de a montón con un refresco que parece traído de la Antártida de lo helado que está y se ha reído al ver una película de caricatura en una pantalla gigante?

Pero el cine tiene sus riesgos, como todo: que una palomita asesina se te atore en la garganta, que te toque estar sentad@ adelante de un mocosos desgraciado que no para de hablar o llorar a lo largo de la película, que no te alcance el dinero, que la cinta se dañe y el cine no te reembolse tu lana, o peor: que entres al cine en tus cinco sentidos y salgas... enamorad@.



El año antepasado (2008) yo, una niña dulce, tierna y hogareña (ajá, si como no) pasó sus días de verano atascadísima en la cocina, cocinando y lavando trastes con singular alegría, aprendiéndose de memoria los éxitos del verano gracias a su siempre útil radio de Hello Kitty (¡si, tengo cosas de Hello Kitty, y que!). Ahí, de buenas a primeras, anunciaron y reanunciaron el estreno de la controversial Batman: El Caballero de la Noche.

Me gusta Batman, cuando yo era peque era mi suerheroe favorito, tal vez porque los personajes de Warner Brothers siempre me han parecido mejores que los de Fox (excepto Los Simpson, claro), tal vez porque yo no crecí como una persona normal, tal vez porque siempre anhelé ser una heroina que vagara por las noches viviendo aventuras alucinantes... o tal vez porque de cada diez episodios, en cuatro vencía a mano limpia a mi enemigo natural: un payaso. Pero detesto con todas las letras a Christian Bale, porque ¿qué se siente el tipo ese, eh? A mí me cae de lo peor su espantosa cara de caballo y su peinadito, y su pose de "soy un super galán y con todos puedo". Pero, oí el rumor de que salía en la película Gary Oldman (alias Sirius Black, alias Drácula, alias... etc), uno de mis actores consentidos, y claro que yo iba a ver su película solo por eso.

A la entrada me hallé de frente con mi enemigo mortal: un poster tamaño familiar de El Guasón. Yo, desde pequeña, lo detesté, al mismo tiempo que me hacía reir. Mi primera pesadilla que recuerdo fue con ése payaso psicópata desgraciado, entonces, como yo ya no tenía cuatro años, miré con fijeza ése rostro mal maquillado, más demente que el de Nicholson, más siniestro que el de la serie animada, y dije:

-Ya no te tengo miedo.

No, miedo no. ¿Pero qué tal obsesión?

Fueron seis meses en promedio de investigar todo sobre él. Ya no se trataba sólo de una tirsteza psicótica de la inesperada muerte de un tipo de cara linda que logró hacer un personaje aterrador y encantador a la vez, se trataba de un fanatismo en su más puro (y retorcido) estado, del cual sólo salí cuando mi santa madre me advirtió que o le bajaba, o me llevaba al psiquiatra. Y, siendo sincera, los psiquiatras me dan más miedo que el Guasón.



En fin, entonces el 22 de febrero del año pasado fueron los óscares. Yo, sentadita, esperaba el momento en que el muerto favorito de la nación ganara su premio. Pero antes... una sorpresita. Apareció de la nada Wolverine, vestido de traje, sin garras y con el pelo bien peinado. Pff, pensé, recordando a Van Helsing (si se dejara el pelo largo se vería de lujo, pero allá el), y me senté a aburrirme en grande. ¡Pues no! Verlo dar saltitos, y cantar y bailar (con todo y el Zanessa incluido) fue suficiente para olvidarme del payaso homicida y decir:

-Oh, Dios mio. Creo que me voy a mudar a Australia.

(No me pienso mudar a Australia, ahí todo te mata).

Y... sucedió.



Fue un bonito y estival día de principios de junio. Mi vida estaba en equilibrio, tenía muchos amigos, un hijo al cual cuidar (mi pez Apolo, que falleció trágicamente hace unos tres meses) y mucha energía extra. Y, un domingo que marcó el final del fin de semana más perfecto de mi vida, fui a ver X Men Orígenes: Wolverine.

Aclaro: nunca me ha gustado X Men. Al igual que Ale -Chan, yo conocí de pequeñita a los X Men, una caricatura medio chafita (cof, cof, Batman tenía mejor animación, cof) con un Guepardo (más tarde averigüe que Wolverine en realidad significa Glotón, un animalito precioso que parece de peluche pero que es tan agresivo como un oso pardo, y cuando se enojan hacen un ruidito chistosísimo, mezcla de ladrido de french poodle y rugido de oso, se oye como grrrrrrrrrrña, grrrrrrrrrrrrrña) y Tormenta, y Titania (bueno, pues, Rogue, pero yo la conocí por Titania), y Jean Grey (¿esa salía en la original?) y Magneto (mi mamá siempre se burla de él porque se llama como grupo musical) y un pelon muy inteligente que diario andaba en sillita de ruedas, o en un cochecito flotante, o algo así (tú si te acuerdas, ¿no, Ale -Chan?), ejem, total, los X Men siempre, pero siempre me provocaban una cosa: sueño. Empezaba la serie y de pronto mi cabecita chocaba con el suelo o el colchón de la cama y: zzzzzzzzzzzzzzzZZZZZZZZZzZZZZzzz.

Pero, un buen día, no me acuerdo cuando exactamente, en la escuela estábamos viendo (¡si, en la escuela!) X Men 2. Bua, dije, efectos especiales, superpoderes, bla bla bla... y luego me fijé en el tal Wolverine. No, no se parecía en nada al sujeto cabeza hueca que vestía en mallas amarillas, este era más... más... wow. Sí, es la única palabra que se me ocurrió para describirlo, yo todavía era una criatura de mente pulcra (lo que me hace pensar que fue en primaria, más o menos, cuando la vimos...). Y entonces compré las tres películas (bueno, la tres se la robé a mi tío contrabandista del que les hablé en Navidad) y las vi, cada día más sorrpendida por el mutante de las garras de metal. Cuando me enteré que Wolverine era en realidad mi querido Van Helsing hasta me saqué de onda. Pero su nariz de alcanza queso y sus ojos color miel son inconfundibles, así que me resigné. Luego supe cómo se llamaba: Hugh Michael Jackman Watson. o Hugh, pues.



Entonces, fuimos al cine. Era lo mínimo que podía hacer por Hugh, luego de que nos defendiera durante las "vacaciones a fuerzas", y lo mínimo que podía hacer por mí misma luego de no poder asistir a la premiere. Pues luego de chorrocientos anuncios, dos campañas del Verde Ecologista con Maite Perroni y un agarrón por parte de un menso que se me cayó encima por andar con tres paquetes de palomitas acarameladas, empezó la película. Por cierto que como era matineé éramos como veinte personas, pero de esas veinte personas sólo tres eran hombres: un papá, su hijito de siete años (el muy desgraciado se sentó atrás de mí y estuvo hablando TODA la película) y un novio que salió con cara de asco. Digo, porque su novia salió en las nubes. El resto éramos mujeres de entre quince y veinticinco años... ah, sí, y una señora de unos treinta y tantos que fue con su hija (pobre del esposo).

Pues ya, empezó la acción, el niñito se pone agresivo le salen las garras y se escabecha a su padre que no sabía que era su padre (qué padre, infidelidad en pantalla Imax), créditos de inicio padrísimos, muchos mutantes, bla bla bla, más acción, poquita comedia, bla bla bla, el niño emíeza a platicarle a su papá quien es quien en la película y se avienta sus biografías, bla bla bla, sale Hugh Jackman (oh my god), sale la Kayla Silverfox (le pregunta a Wolverine: ¿qué estás haciendo? y yo mentalmente le respondo: ¿y a usted qué le importa? órale, regrésese a la cabaña y déjeme admirar el, ejem, paisaje). Más acción, golpes, muerte, bla bla bla, a Wolverine le ponene el adamantium (oh, escenita bendita en el tanque de agua, y de la cascada, y del granero... una muchacha de atrás suspiró y se oyó graciosísimo). Pasan muchas cosas, más acción, conoce a Gambito (precioso Gambito, se me hizo muy lindo el actor... ok, la palabra correcta es guapo pero así soy cuando estoy sentimental), los mata a todos, le matan a su vieja... el niño que está sentado atrás de mí sigue hable y hable, el novio de la fila ocho está a punto de pedirle a su novia que corten porque sus palomitas están llenas de baba... y a mí hasta se me olvidaron las ganas de ir al baño, al menos hasta que se encendieron las luces.
Ahí mismo me compré una revista especial de Cine Premiere con un póster de Hugh Wolverine tan grande que, de no ser porque es papel plastificado me serviría como cobija para echarme una siesta, y volví a casa, curada de mi manía a un enfermo mental de DC cómics para traumarme (aunque no al mismo extremo) con un mutante desmemoriado de Marvel. ¡Oh, cambio de casa productora, Dios mío!
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Así que, ya saben, cuando vayan al cine, prepárense porque uno nunca sabe lo que pueda pasar. Desde tener el día más increíble de su vida hasta terminar hasta el cuello de desgracias y vomitarte sobre las palomitas (ojalá nunca les pase eso!! es repugnante).