


La película se convertía de un vals animado a una danza macabra con sólo verlo aparecer, o escuchar el molesto zumbido que lo acompañaba segundos antes de atacar. Tuvo un efecto colateral en mí que resultó a la vez beneficioso y perjudicial: me encantó. De entre todos los payasos que pude haber escogido (llámense también Lagrimita, Costel, Krusty) lo elegí a él. ¿Porqué? Remordimiento por su muerte, aburrimiento mental, identificación... elijan la que quieran que cualquiera es cierta. Una parte de mí se sentía identificada con él, tanto por mi gusto por el humor negro como por la sensación de no ser como el resto (para empezar, prefiero mil veces a Beethoven que Banda Pelillos). Así que hasta cierto punto fue bueno.
¿Lo malo? Ah, nada, excepto que mi creciente fanatismo culminó en amenaza porque mi santa madre me advirtió claramente que o dejaba al payasito de la tele o que me fuera despidiendo de mis objetos más preciados y me preparara para una cita con un psiquiatra. Pues sólo así se acabó el encanto, volví a tener coulrofobia y a ser normal (bueno, lo que es normal en mí).
Como han pasado ya dos años y su tumba ya fue olvidada, como el rumor del pleito entre Hugh Jackman y Jack Nicholson ya se disipó, como ya ganó un óscar y la gente ya no está tan alterada con ésta joya de Chris Nolan (joya tan preciosa como El Gran Truco, Memento y Batman Inicia) puedo recordar tranquilamente las escenas escandalosas y siniestras del Guasón y sonreír, ya no con intenciones de asustar a quien me viera, sino por gusto. Y claro, siempre acordarme de la consabida frasesita que lo hizo famoso:
¿Porqué tan seria, Lobita?