Sí, sé lo que están pensando...
NUNCAMÁS: ¿Ora lees mentes?
No, no, no. Digo que sé que los lectores hartitos piensan al ver esto "Ohhh Dios... ¿Lobita redactando dos posts en una semana? Woaaaah". Pero la necesidad nacional así lo exige.
Les advierto de una vez: este post puede llegar a ofender a mucha gente, por lo que les suplico que antes de convertirse en berserkers y destripar metafóricamente el blog, escuchen con calma.
Esta historia comienza con una Lobita desmañanada y frustrada en un camión (el peor lugar del mundo para ella). Iba cabeceando por el sueño, dándose topetazos ya con el cristal, ya con el mango del asiento delantero, cuando un "delicado" frenón la despertó de golpe y, distraída y dolorida por el frentonazo, se dignó a mirar hacia afuera. La calle por la que el camión se había desviado (a causa de la llamada "paradoja del mal campesino", o "el municipio se pone a arreglar calles en época de lluvias") estaba llena, entre cortinas de tiendas y puertas de casas, de pintas y grafitis donde se leía el consabido letrero nacional de "Nos faltan 43", "Fuera EPN" y una oda a la buena educación y a la práctica de comprensión lectora, gramática y ortografía: "PutoZ poliSias corruCtoZ". En dicha "cuadra de los lamentos", me topé con un letrero que, aún estando bien escrito, me hizo sentir un oculto odio por el autor, fuera quien fuera: "Yo no voto. Lucho".
*Lobita va y se pone un casco* El no votar, señores, señoras, señoritas... es gilipollas.
Sí, sé que este país gobernado por un partidismo donde todos le levantan la cola al partido Jabba the Hut (por gordo, podrido y antiguo) llega a frustrar. Los candidatos son todos desconfiables (¿esa palabra existe?), rodeados de escándalos y acusaciones, y estas elecciones, encima, estuvieron plagadas de ridículos inmensos (todo estado que haya tenido un candidato que a) haya hecho un video con música de banda, tribal o reggaeton, b) haya tenido un candidato que haya hecho tiras cómicas o "campaña kawaii"de sí mismo, o c) a una estrella de televisión como candidato puede salir temprano hoy), guerra sucia y propaganda patética. Con este cuadro es comprensible que nadie (incluso yo) se sintiera con muchos ánimos de votar.
Pero... afortunada o desafortunadamente (según se le vea), vivimos en un país democrático, donde la aplastante masa se sobrepone a los grupos pequeños y alienados. Hora de pensar un poco como anarquista y presuponer que tenemos motivos reales para decidir bien, de manera personal, pero bien. La costumbre hace que cada individuo piense que tiene la razón por encima del resto, apoyándose en cualquier motivo disponible a la mano, y esto no es invento mío, es mera naturaleza humana, un leve complejo de superioridad que puso el mundo a los pies de figuras históricas importantes que no agacharon la cabeza y siguieron adelante con sus ideales. Si negamos esta "soberbia" de creer que tenemos algo de valor cualitativo en este mundo y que, aún cuando seamos uno, podemos modificar algo en nuestro entorno, nos volveremos parte de la aplastante masa, la que no piensa ni oye, que sólo se mueve al ritmo de los obstáculos físicos y el golpe del látigo.
No votar es decirle a uno, o cientos, o miles de rostros anónimos que decidan qué hacer con tu entorno. Es como ir a una pizzería y que, cuando te pregunten qué ingredientes quieres, dejas que una veintena de personas elijan, y aún si ninguna le atinó a los ingredientes que te gustan, te la terminas comiendo con amargura. No votar, o anular el voto (esto va para los pseudoactivistas que rellenaron las boletas con los insultos y frases comentados ya arriba o los graciosillos que escriben estupideces) significa decir que poco te importa lo que hay alrededor, que tu desesperanza es tal que te sentarás ahí a ver cómo todo se desmorona o se alza pensando, con desidia, "no fue cosa mía".
No votar es otra forma de soberbia, la soberbia de no querer sentirse responsable de los actos de aquél por quien se votó. Es como decir "no es problema mío el mal gobierno, yo no voté por él". Tal vez no lo hiciste, pero realizas otros actos que, como efecto mariposa, desembocan en ello. Es ese efecto el que produce que alguien tire una basura a la calle, pensando que hay un barrendero municipal que se encargará de él; ese alguien entonces casi sufre un atropellamiento porque otro alguien se pasó un alto, pensando que igual en ese tramo nunca hay patrullas y no le pasará nada; ese otro alguien ve entonces cómo unos rateros le desvalijan el auto y piensa, rabioso, que la falta de civismo es culpa del gobierno, de una cara invisible y prácticamente administrativa que se colocó ahí gracias a la puerilidad de algunos o la desidia de otros.
Sí, luchar. Luchar por mantener limpias las calles. Luchar por mantener un buen trabajo y hacerlo bien. Luchar por hacer respetar desde señales de tránsito hasta nuestras garantías. Luchar por el auxilio de alguien que lo necesite. Luchar por ser mejor y demostrar, realmente, que no es cosa nuestra lo que el gobierno es. Pero no votar no es una forma de luchar, es, más bien, una forma de tirar la toalla antes de que siquiera empiece el combate.
Si hoy votaste, felicidades. Si hoy no votaste, o anulaste tu voto, haced un favor: no os quejéis de lo que pase después para, encima, lavarte las manos. He dicho.
FAVOR DE ALIMENTAR A HOLMES Y A HELSING, GRACIAS.
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domingo, 7 de junio de 2015
LA DEFENSA DE LOS IDIOTAS
Palabras clave de mis desgracias
Mexico,
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sábado, 3 de noviembre de 2012
ESE VIEJO VIKINGO
Uno no se da cuenta de cómo son los demás realmente hasta que siente con el mismo sentir que ellos. Aquí aplica, muy justamente, la expresión "ponerse en los zapatos del otro", aunque los resultados no son siempre iguales. En mi caso, se trata únicamente de hacer una reflexión, bastante personal, en la que no participa nada sino la sensación de que tal vez los antiguos paganos tenían algo de razón en sus mitos: quizá, el destino sí es inexorable.
Con mi experiencia aprendida de libros de Historia puedo afirmar tranquilamente que mi abuelo corresponde al arquetipo del vikingo. Tal vez no tenga barbas largas y rubias ni un casco con cuernos, pero al igual que éstos, ha zurcado (remolque mediante) lugares remotos de los que muchos de nosotros sabemos apenas por crónicas bizarras y memorias de un pasado nacional que se pierde cuando el que lo cuenta muere. Ha entrado una y otra vez a la zona 0 y salido completamente cuerdo, ha visto fuegos fatuos en el sureste, ha detenido su navío de ruedas en más pueblos olvidados y eliminados del mapa que ninguna otra persona conocida, todo esto en apenas unas cuatro décadas; entre fuegos de violencia y pasiones, no ha conocido el ocio ni la paz en toda su vida, y de hecho podría decirse que la aborrece. Su vida transcurrió como el trotador del tiempo, en un medio tan revuelto como es la extensa geografía e historia de México, viendo ir y venir regímenes, leyes, pueblos, estudiantes y mujeres. Ha visto de primera mano las catástrofes y las celebraciones de antaño y ha sobrevivido magníficamente a los cambios de modelos económicos que a muchos otros hubiera destrozado, pero jamás a él.
Su vida pasó entre el relieve salvaje y brutal que se percibe como un eco en su cabeza (¡oh, bonito espectáculo verlo cuando rememora esos viajes a toda velocidad!) y entre las ciudades magníficas a las que llegaba a desembarcar. Me ha contado la clase de febrilidad que se vive en el Norte: es como si el espacio-tiempo hubierase puesto de cabeza, y en la frontera cada fin de semana el país se inundaba de estadounidenses (o gringos, como prefiere decirles, como diría cualquier nórdico al referirse despectivo a los eslavos y musulmanes con quienes comercia) que llegaban aquí a su propio estilo de "mojados" para degustar del tequila fuerte, la cerveza barata y el jolgorio natural de la zona, ese paraíso perdido entre el desierto de Sonora y El Paso, estrecha franja ahora dividida por un alambre de púas y que él llegó a cruzar varias veces. No son sólo norteamericanos, también ha hablado con personalidades tan diversas que a mí me parece un sueño divino: un grupito de aburridos rusos que hacían competencias entre su vodka y nuestro mezcal hasta rodar felices por el suelo; un italiano de acento ruidoso y que palmoteaba como demonio, un par de ingenieros alemanes que vivían a base de cerveza y barbacoa y aprendieron los diversos usos de la "Ch" gracias a su interlocutor, es decir, mi abuelo. Todo, bien escondido en su cabeza, lo suelta de cuando en cuando, a cuentagotas, cuando estoy presente y le pregunto sobre cosas que yo, por torpeza o por debilidad, desconozco, y las responde con la seriedad del historiador y la sencillez del campesino. Al fin y al cabo, desciende de indígenas michoacanos.
Cosas raras, peligrosas, como en un viaje mitológico cualquiera, se mantienen impresas en sus palabras. El lugar donde el agua corre del revés, el recinto macabro de los lagos donde los fantasmas aúllan, e inclusive, un OVNI que asegura haber visto allá por la década de los 80; estuvo tantas veces en el Distrito Federal que conoció de primera mano las revueltas políticas de la época. Recuerda, a veces divertido, a la Policía Secreta del "Negro" Durazo, la toma de poseción de Gortari, incluso el terremoto del 85 y la explosión de Guadalajara, todo eso lo vivió de primera mano. Tantos años así explican que la violencia actual no le asuste ni un ápice. Tampoco le atemoriza la oscuridad ni la soledad, tanto tiempo viajó de noche entre las carreteras más brutales del país y con un camión de doble remolque. Jamás se le registraron accidentes, ni acontecimientos, era serio y dedicado a su labor con el corazón fuerte, y de regreso a su morada se ponía a repartir a dos manos el botín de su labor. Ropa, zapatos, dinero para paseos, para restaurantes de categoría (en aquél entonces) muy alta para el trabajador promedio. Cuando yo nací, recibí también mis dádivas: caramelos, juguetes, objetos importados, dólares olorosos aún al plástico que lo recubría. E historias. Muchas historias de diversas clases que alimentaron mi mente como si fuesen novelas costumbristas, tan bien apreciadas en toda Latinoamérica.
Pero como todo buen vikingo que no muere en batalla, éste tuvo que retirarse para pasar sus días de austeridad en el silencio de su casa. No le gusta. La oscuridad que se ha apoderado en la incertidumbre no le es sana, y se le ve taciturno y huraño; sueña mucho, yo lo sé, con sus viajes majestuosos. Ha asegurado que al morir no quiere ser enterrado, sino cremado, y que sus cenizas se repartan en la cascada de Cola de Caballo, su Valhalla personal, para recorrer en muerte el triple de camino que recorrió en vida. A veces me da por preguntarle del día que llegó a Yucatán, donde vio de frente el antiguo observatorio maya y el gran mar que lleva, irremediablemente, a la isla de Cozumel, donde descansa el templo de Ixchel. Conoce de comidas que ningún aventurerucho de televisión tocaría, desde venado hasta ranas, serpientes, insectos, todo lo ha degustado por noble obligación y férreo entusiasmo. No podemos decir, jamás, que su vida fue un desperdicio.
Así es entonces ese viejo vikingo que reposa en un sofá reclinable, ladrándole injurias a la tele cuando hay partido de fútbol. y que en sus buenos tiempos era tan temible como Leif Erikson, o como un rabioso Thor empuñando su martillo. Yo, su pequeña Loki, se conforma ahora con hacerle revivir su nostalgia para que el aburrimiento no lo mate, y sueño en secreto con poder ver yo también, quizá, esos mundos alucinantes que se esconden después de la carretera doble que separa a Lobolandia del resto de la patria, y espero así poder guardar yo también algo de su espíritu inquieto y volar aún más. Una valkiria infantil a la sombra del mejor de los vikingos.
FIN
Con mi experiencia aprendida de libros de Historia puedo afirmar tranquilamente que mi abuelo corresponde al arquetipo del vikingo. Tal vez no tenga barbas largas y rubias ni un casco con cuernos, pero al igual que éstos, ha zurcado (remolque mediante) lugares remotos de los que muchos de nosotros sabemos apenas por crónicas bizarras y memorias de un pasado nacional que se pierde cuando el que lo cuenta muere. Ha entrado una y otra vez a la zona 0 y salido completamente cuerdo, ha visto fuegos fatuos en el sureste, ha detenido su navío de ruedas en más pueblos olvidados y eliminados del mapa que ninguna otra persona conocida, todo esto en apenas unas cuatro décadas; entre fuegos de violencia y pasiones, no ha conocido el ocio ni la paz en toda su vida, y de hecho podría decirse que la aborrece. Su vida transcurrió como el trotador del tiempo, en un medio tan revuelto como es la extensa geografía e historia de México, viendo ir y venir regímenes, leyes, pueblos, estudiantes y mujeres. Ha visto de primera mano las catástrofes y las celebraciones de antaño y ha sobrevivido magníficamente a los cambios de modelos económicos que a muchos otros hubiera destrozado, pero jamás a él.
Su vida pasó entre el relieve salvaje y brutal que se percibe como un eco en su cabeza (¡oh, bonito espectáculo verlo cuando rememora esos viajes a toda velocidad!) y entre las ciudades magníficas a las que llegaba a desembarcar. Me ha contado la clase de febrilidad que se vive en el Norte: es como si el espacio-tiempo hubierase puesto de cabeza, y en la frontera cada fin de semana el país se inundaba de estadounidenses (o gringos, como prefiere decirles, como diría cualquier nórdico al referirse despectivo a los eslavos y musulmanes con quienes comercia) que llegaban aquí a su propio estilo de "mojados" para degustar del tequila fuerte, la cerveza barata y el jolgorio natural de la zona, ese paraíso perdido entre el desierto de Sonora y El Paso, estrecha franja ahora dividida por un alambre de púas y que él llegó a cruzar varias veces. No son sólo norteamericanos, también ha hablado con personalidades tan diversas que a mí me parece un sueño divino: un grupito de aburridos rusos que hacían competencias entre su vodka y nuestro mezcal hasta rodar felices por el suelo; un italiano de acento ruidoso y que palmoteaba como demonio, un par de ingenieros alemanes que vivían a base de cerveza y barbacoa y aprendieron los diversos usos de la "Ch" gracias a su interlocutor, es decir, mi abuelo. Todo, bien escondido en su cabeza, lo suelta de cuando en cuando, a cuentagotas, cuando estoy presente y le pregunto sobre cosas que yo, por torpeza o por debilidad, desconozco, y las responde con la seriedad del historiador y la sencillez del campesino. Al fin y al cabo, desciende de indígenas michoacanos.
Cosas raras, peligrosas, como en un viaje mitológico cualquiera, se mantienen impresas en sus palabras. El lugar donde el agua corre del revés, el recinto macabro de los lagos donde los fantasmas aúllan, e inclusive, un OVNI que asegura haber visto allá por la década de los 80; estuvo tantas veces en el Distrito Federal que conoció de primera mano las revueltas políticas de la época. Recuerda, a veces divertido, a la Policía Secreta del "Negro" Durazo, la toma de poseción de Gortari, incluso el terremoto del 85 y la explosión de Guadalajara, todo eso lo vivió de primera mano. Tantos años así explican que la violencia actual no le asuste ni un ápice. Tampoco le atemoriza la oscuridad ni la soledad, tanto tiempo viajó de noche entre las carreteras más brutales del país y con un camión de doble remolque. Jamás se le registraron accidentes, ni acontecimientos, era serio y dedicado a su labor con el corazón fuerte, y de regreso a su morada se ponía a repartir a dos manos el botín de su labor. Ropa, zapatos, dinero para paseos, para restaurantes de categoría (en aquél entonces) muy alta para el trabajador promedio. Cuando yo nací, recibí también mis dádivas: caramelos, juguetes, objetos importados, dólares olorosos aún al plástico que lo recubría. E historias. Muchas historias de diversas clases que alimentaron mi mente como si fuesen novelas costumbristas, tan bien apreciadas en toda Latinoamérica.
Pero como todo buen vikingo que no muere en batalla, éste tuvo que retirarse para pasar sus días de austeridad en el silencio de su casa. No le gusta. La oscuridad que se ha apoderado en la incertidumbre no le es sana, y se le ve taciturno y huraño; sueña mucho, yo lo sé, con sus viajes majestuosos. Ha asegurado que al morir no quiere ser enterrado, sino cremado, y que sus cenizas se repartan en la cascada de Cola de Caballo, su Valhalla personal, para recorrer en muerte el triple de camino que recorrió en vida. A veces me da por preguntarle del día que llegó a Yucatán, donde vio de frente el antiguo observatorio maya y el gran mar que lleva, irremediablemente, a la isla de Cozumel, donde descansa el templo de Ixchel. Conoce de comidas que ningún aventurerucho de televisión tocaría, desde venado hasta ranas, serpientes, insectos, todo lo ha degustado por noble obligación y férreo entusiasmo. No podemos decir, jamás, que su vida fue un desperdicio.
Así es entonces ese viejo vikingo que reposa en un sofá reclinable, ladrándole injurias a la tele cuando hay partido de fútbol. y que en sus buenos tiempos era tan temible como Leif Erikson, o como un rabioso Thor empuñando su martillo. Yo, su pequeña Loki, se conforma ahora con hacerle revivir su nostalgia para que el aburrimiento no lo mate, y sueño en secreto con poder ver yo también, quizá, esos mundos alucinantes que se esconden después de la carretera doble que separa a Lobolandia del resto de la patria, y espero así poder guardar yo también algo de su espíritu inquieto y volar aún más. Una valkiria infantil a la sombra del mejor de los vikingos.
FIN
Palabras clave de mis desgracias
cosas,
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filosofando voy,
recuerdos,
reflexiones,
yo
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