FAVOR DE ALIMENTAR A HOLMES Y A HELSING, GRACIAS.



jueves, 11 de marzo de 2010

Cap. 5 CANCIÓN DE CUNA

La aventura de la noche anterior había valido la pena, porque después de todo, Sherlock acababa de recuperar la cordura y estaba trabajando afanosamente. Mentalmente hablando, claro, porque mientras Renata se deslizaba penosamente por la casa él estaba encerrado a piedra y lodo en su laboratorio investigando las extrañas pistas. Le había dado la orden a Renata de, bajo ningún concepto, dejar entrar a nadie. NADIE.


Sherlock estaba haciendo cuentas de los días, las horas, los milenios perdidos... Había gente extraña rondando por la casa, gente que no pudo identificar. Los hombres que habían entrado en la casa la noche anterior sabían dos cosas: la primera, cómo entrar, y la segunda, en qué momento. Debían llevar días espiándolos. Pero no contaban con una tercera cosa...


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-¡Amo, lo sentimos mucho! -gemían dolorosamente los dos esbirros. El señor Black temblaba de pies a cabeza, arrodillado a los pies de una siniestra figura negra. Él también chillaba:


-¡Nos tendieron una trampa, amo, se lo juro!


-¡Mienten! -la voz fría, dura y sin emoción hizo temblar a los tres desdichados. -Les habían dicho todo, ¿no? Cómo entrar, cómo moverse...


-¡Olvidaron decirnos algo! -protestó uno de los esbirros.


-Silencio, saco de inmundicia. -lo reprendió lord Black. -Mis espías, señor, me dijeron absolutamente todo lo que necesitábamos saber.


-¡Menos una cosa! Que Holmes contaba con ésa fiera.


-Lord Black, ¿acaso no le hablaron de la presencia de ésa muchacha? -preguntó la figura negra.


-La mencionaron. -admitió lord Black. Hubo un incómodo silencio en el proceso, y luego, se oyó un bramido de ira:


-¡¿Y porqué, a sabiendas de eso, no tomaron las precauciones necesarias?!


-¡Porque no parecía gran cosa, amo! -sollozó lord Black. -¡Nosotros creíamos que era una gallina inútil, una simple chiquilla criada nada más!


-Sí, pero le dejó un ojo morado a uno de tus hombres. En una mujer, eso ya significa riesgo, y si está dispuesta a defender a Holmes con uñas y dientes, entonces también tendrán que acabar con ella.


-¿Matar niñas? -preguntó otro de los hombres.


-Yo lo haré. -sentenció su compañero. -Me la debe por ése golpazo.


-No, no. -la figura en las sombras musitó con voz acariciante: -Holmes, ante todo, es mío. Y en cuanto a su mascota... bueno, creo que hallarás el modo de deshacerte de ella. ¿No tienes acaso una mejor arma en tu arsenal, Black?


-¡Ah! Ya comprendo. -lord Black sonrió. Ya sabía qué había que hacer.


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Cuando Renata abrió la puerta, sintió naúseas al ver a Serenity, que de nuevo llevaba el vestido rojo. Ésta, al verla, soltó una risita cantarina.


-¡Por todos los cielos, Renata! ¿Quién te ha dejado el rostro así? Quisiera mandarle flores. Bueno debo admitir que las cicatrices te quedan mejor que el horrendo disfraz que llevabas ayer.


Mientras Serenity se burlaba de Renata, ésta arqueó una ceja. No se sentía de buen humor, y los golpes aún le dolían. Tenía un corte muy profundo en el labio, otra herida en la ceja y un par de moretes del lado derecho del rostro.


-¿Y qué tú nunca te has lastimado, Serenity?


-Claro, pero curo con mucha más rapidez.


-No tienes cicatrices.


-Ah... creo que es una especie de don. -Serenity sonrió, acariciándose las mejillas muy orgullosa, y replicó: -Como sea, vengo a ver a Sherlock.


Renata extendió los brazos, impidiéndole el paso.


-¡Ah, no! -dijo con el entrecejo fruncido. -Me ha dado órdenes de no dejar pasar a nadie.


-Yo no creo estar incluída en ésa lista, niña. -dijo Serenity. -Después de todo, soy la única en quien confía.


-En la única persona en quien debe confiar es en sí mismo. Y por mí, eso está perfecto.


Serenity se enfureció.


-O me dejas pasar, o te juro que te irá mal.


-Inténtalo. -Renata sonrió, jubilosa, y al ver avanzar a Serenity hacia ella no dejó de sonreír, pero le entró pánico. ésta, sin embargo, bufo como un animal frustrado, se dio la vuelta haciendo que su magnífico pelo formara una cortina dorada que le dio en toda la cara a Renata, y se marchó de ahí.


-Ah, francesita remilgada. -olvidé mencionarles, que Watson le había contado a Renata que Serenity era de Francia (más Mary Sue todavía). Renata regresó a la casa cuando Sherlock salió del laboratorio, muy emocionado.


-¡Renata!


-¡Ay! -al darse la vuelta, Renata se dio en una espinilla con una butaca. -Diga, señor.


-Ve con Watson y dile que debe volver, porque es urgente.


-¿Qué tan urgente?


-De vida o muerte. Está con Mary, ¿cierto?


-Sí, ¿cómo lo...?


-Era lógico que, para hacerme rabiar, iría con la última persona con quien yo quisiera que se fuera.


Renata sonrió, feliz de volver a ver a Sherlock Holmes en todo su esplendor: brillante, frío y sobre todo sagaz y arrojado. Aceptó la orden y echó a correr calle abajo. Cuando llegó con Watson, Mary dio un largo grito de pavor, y Renata dio traspiés. Watson apareció en la puerta.


-¡Mary, qué...! ¡Oh, Renata!


-Hola, señor Watson. -dijo ella poniéndose de pie.


-¿Qué te sucedió, Renata' Tu rostro y... tu vestido.


Renata tenía el vestido hecho jirones. Lo había remendado ésa misma mañana, pero parecía un pedazo de cortina mal atada. La joven sonrió con vergüenza.


-Pues... gajes del oficio.


-Me doy cuenta. -dijo Watson. -¿Qué pasó? ¿Dherlock y Serenity te están haciendo la vida imposible otra vez?


-Para nada, el señor Holmes quiere que vuelva. Dice que es urgente... de vida o muerte.


-¿Ahora qué le pasó? ¿Perdió su violín en las peleas callejeras o qué?

-Para nada. Anoche... -Renata bajó la voz, mirando con duda a Mary. No es que le cayera mal ni nada, pero se le ocurrió que a lo mejor Holmes no querría que ella se enterara. -... anoche entraron unos hombres e iban a matarlo.

-¿Eso explica tus golpes, Renata? -ella asintió lentamente. -Watson miró a Mary y replicó: -Pues, Mary, mil gracias por la estadía pero debo irme.

-¡Pero John! -se lamentó ella.

Cuando los dos estaban de vuelta en el 221B, Sherlock sostuvo del hombro a Watson y lo empujó contra un sofá y comenzó a hablar efusivamente.

-Te explicaré brevemente lo sucedido, Watson. Anoche, unos hombres entraron con claras intenciones de matarme. Resulta que durante estos días he estado observando gente extraña andando por aquí, sin dar señales de un motivo para hacerlo, ¿comprendes? Entonces pensé en otros acontecimientos raros, como Serenity.

Watson arrugó la nariz y Renatra puso los ojos como platos.

-Es en serio, oigan. Lord Black, su padrastro, la persiguió, ¿no? Eso significa que quizá es él quien me estaba buscando.

-¿Pero porqué mandarlo matar, señor Holmes? -preguntó Renata.

-Sin su guardián, Serenity quedaría vulnerable. -le explicó Watson, torciendo el gesto.

-Es posible. -admitió Sherlock. -Entonces... ya sé dónde se encuentra Black.

-¿Dónde?

-Naturalmente, en cualquier sitio donde ande Serenity. ¡Pero dejenme terminar! Ya que ha fallado, les apuesto lo que quieran a que seguirá buscando el modo de detenerme los pies, y ¿qué lugar piensan ustedes que es mejor para ocultarse y esperarme? -ninguno de los dos contestó. -Vamos, piensen. Sabían cómo entrar y en qué momento, así que han estado siguiéndome por mucho tiempo. Piensen... ¿dónde suelo estar los miércoles?

-En... ¿en las peleas? -preguntó Watson tímidamente.

-Correcto. Seguramente están tendiéndome una emboscada ahí, ¿sí? Así que, ¡en marcha!

Watson y Sherlock se pusieron de pie, mirando inquisitivamente el reloj.

-Renata, consíguete ropa. -le dijo Sherlock distraídamente. -Ése vestido no se va a reparar.

Watson y Sherlock salieron a la calle, dejando a Renata sola.

-Por cierto. -dijo Watson mientras detenían un coche de alquiler. -Felicidades.

-¿Porqué?

-Por volver a la normalidad.

-Creí que mi normalidad te desagradaba.

-Pero tu anormalidad nos estaba matando. Agradece que Renata estaba ahí, si no...

-¡Bah! Renata, un ratoncito asustado. Como cualquier animal, en estado de tensión reacciona violentamente.

-Pero... ah. -Watson cruzó los brazos sobre el pecho.

Cuando llegaron a las afueras del edificio, las luces de las calles ya comenzaban a encenderse. Watson caminaba muy pegado a Sherlock, con las manos fuertemente sujetas a su bastón.

-Con cuidado. -susurró Sherlock. -Ya conoce a esta gente, reacciona al movimiento y eso no nos conviene.

-Lo sé.

Mirando sobre sus hombros, esperaron el momento en que cualquier cosa, lo que fuera, saltara sobre ellos. De pronto...

-¡Ah!

-¡Watson!

-Miau.

Un gato delgaducho y de aspecto sucio brincó sobre una caja, lamiéndose con orgullo una pata. Los dos amigos suspiraron con cierto enfado.

-¡Ahí están!

Se dieron la vuelta a tiempo justo para ver cómo dos matones les caían encima a golpes, blandiendo pedazos de madera que fácilmente podrían quebrarle el cráneo a una persona normal. Watson, que reaccionaba por puro instinto, se lanzó y peleó en perfecta esgrima con el más rechoncho de los dos sujetos. Sherlock, ya consabido peleador, no necesitaba de arma alguna para combatir limpiamente a su oponente, y aunque le costó trabajo lograr dejarlo fuera de combate (a diferencia de los de la noche anterior, estos dos iban preparados), luego de unos golpes certeros vio a su enemigo desplomarse, con la mirada desenfocada. Un último puñetazo dirigido al pómulo, y quedó inconsiente. Se dio la vuelta, orgulloso, y se encontró en un callejón vacío.

-¿Watson?

Watson seguía peleando con su oponente a base de bastonazos. Por fin consiguió quitarse de encima al esbirro dándole un golpe entre los ojos y otro a la nuca, y también miró que se habían alejado mucho de la zona de batalla.

-¿Watson? -seguía llamando Sherlock.

-Buenas noches, señor Holmes. -el aludido se dio la vuelta y vio a lord Black, sonriendo. -Veo que mis niños han sido como juguetes para usted. Me alegro.

-No se ve muy feliz, lord Black. ¿Ha pasado algo malo? -repuso con sarcasmo.

-Pues sí. Verá usted, cierta persona está muy decepcionada de mí y de verdad deseo demostrarle que soy de fiar. Pero eso significa renunciar a cierto placer personal. ¿Entiende usted lo que le digo?

M. La letra...

-Moriarty.

No hubo tiempo de reaccionar. Watson apareció gritando:

-¡Holmes!

Él se dio la vuelta por un solo segundo y, cuando se volvió para mirar a lord Black, sintió un dolor tremendo y quemante en el hombro izquierdo. Miró y descubrió un hilo de sangre cayéndole por el saco, manchándolo de escarlata al tiempo que se sentí mareado. Hubo un segundo disparo y lord Black cayó al piso. Sosteniendo su brazo, Sherlock se deslizó hasta él.

-¡Al menos...! -musitó lord Black. -¡Logré lo que quería... qué más da si... si usted sobrevive...! ¡Ah, cuando lo sepa... cuando lo vea... créame, Holmes, es mejor que muera esta misma noche... hay peores dolores que... que la muerte!

Se desplomó, y Sherlock miró a Watson. Todo parecía atrozmente borroso. Tragó saliva y sintió el duro piso contra sus rodillas...

En casa, Renata se miraba en el espejo con aprensión. No había hallado nada que le sirviera para hacerse una falda, por lo que tomó un pantalón viejo de Watson, un chaleco muy pequeño y sacó de entre sus cosas una blusa blanca de mujer. Luego de arreglar el chaleco y los pantalones para que le quedaran, se miró al espejo con sus nuevas ropas, y no pudo contener un gesto de desagrado. Detestaba su figura embutida en ropa de hombre, estaba muy flaca y no tenía curvas demasiados femeninas, por lo que parecía estar suspendida en el limbo de lo femenino y lo masculino, pero no le quedaba de otra. Al menos los zapatos sin tacón eran cómodos.

Oyó un golpe a su espalda y vio a Watson entrar con un fardo sobre sus hombros.

-¡Renata! -la llamó desfallecido. -¡Ayúdame!

-¿pero qué...? ¡Ay! -lo que ella creía que era un fardo era Sherlock, pálido como un muerto y manchado de sangre. -Pero, ¿qué...?

-¡Ayúdame a llevarlo a su habitación!

Renata lo sostuvo de un brazo y juntos lo arrastraron al interior de la recámara, colocándolo boca arriba. Watson le arrancó el saco y le ordenó a Renata:

-Ve por agua. Y trae unas sábanas o algún trapo limpio. ¡Rápido!

La joven salió mientras Watson iba a su propia pieza y extraía su maletín de cirujías. Volvió al lado de Sherlock y le desabrochó el chaleco y la camisa para poder ver su hombro. Sintió un ligero escalofrío al darse cuenta que la bala había impactado demasiado cerca del corazón. Tragando saliva, tomó un bisturí justo cuando Renata entraba. Al verlo con el objeto en las manos, dio un chillido de pavor.
-No le haré nada. -le aseguró Watson. -Ven, quiero que sostengas su mano... así. Bien... pase lo que pase... Renata, ¿estás oyéndome? -ella asintió con los ojos llenos de lágrimas. -¿Te molesta ver sangre? -negó con velocidad. -Bueno, pase lo que pase no le sueltes la mano, ¿me oíste? ¿Sí? ¿Lista?
-Ah... -al ver el profundo corte que le estaba haciendo con el bisturí, sintió unas ganas espantosas de desmayarse con tal de no ver nada. Watson se apresuró a buscar la bala, con los ojos llenos de terror y también sintiéndose extrañamente mareado. Renata no apartaba la vista de la herida abierta, y dio un respingo cuando el doctor sacó de un tirón un objeto pequeño y negro. Luego, se apresuró a cerrar la herida con suturas a la vez que limpiaba la herida con el agua que le había llevado Renata y una botellita de licor. La joven sintió cómo le apretaban la mano brevemente y dirigió sus ojos a la mano de Sherlock. Estaba reaccionando. No pudo evitar dar un largo suspiro, y finalmente, Watson anunció con voz estrangulada:
-Está a salvo. Se recuperará. -se puso de pie y cerró su maletín. -Renata, échale una manta encima. Vengo en un momento.
-Por supuesto... doctor Watson. -en cuanto Watson salió, Renata se puso de pie, soltando a Sherlock. Él se revolvía en sueños, gimiendo como un perrito; Renata pasó su mano sobre la frente de Sherlock, y él logró articular con gran dificultad unas palabras:
-Renata... ¿eres tú?
-Sí, señor Holmes.
Un esbozo de sonrisa cruzó los labios mortecinos del detective, y luego perdió el sentido. Renata se sintió repentinamente débil y se le doblaron las rodillas. Apoyó su cara sobre el pecho de Sherlock y, de la nada, comenzó a llorar. El miedo que había estado sintiendo los últimos minutos se esfumó repentinamente al oir el latido constante del corazón del "desmayado", y una risita histérica le salió de los labios hasta que, por fin, con las mejillas manchadas de lágrimas, levantó la cara y miró a Sherlock. Le pasó nuevamente la mano sobre la cara, y de pronto subió a su boca, proveniente de una memoria muy vieja, una canción que su madre le cantaba cuando era una niña. Pero no recordaba la letra, tenía pésima memoria, y sólo alcanzó a decir las últimas dos líneas:
Nunca sabrás cuanto te quiero
Por favor, no apagues mi sol...
-¿Renata? -preguntó Watson, entrando. La joven se limpió las lágrimas y se puso velozmente de pie, fingiendo que nada pasó. -Yo me quedaré a cuidarlo, ve a dormir.
Ella asintió y salió de la recámara. Afuera, se dio una bofetada y masculló, furiosa y triste a la vez:
-¡Soy una idiota! Pero es cierto... estoy enamorada de él. ¡Ay!
Entró a su pieza, gimiendo.
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-¿Muertos todos? -decía una voz en las penumbras. Un hombre flacucho temblaba.
-Sí, amo, todos, hasta lord Black. Pero Holmes... Holmes está gravemente herido... será fácil matarlo... sólo ordéneme que... no... ¡no!
Hubo un disparo proveniente de la nada y una risita fría y siniestra resonó.
-Excelente puntería. Pues, si Sherlock está herido y débil... será una presa más facil de atrapar...

Siguiente capítulo: LAS DOS CARAS.
Renata comete un grave error. Sherlock descubre la última pieza del rompecabezas y una verdad terrible en el pasado de alguien se revela. Sólo queda una cosa: la batalla final.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Cap. 4 VALENTÍA


Las sombras de la noche nunca habían sido tan siniestras; era como si, de pronto, sin la presencia rígida y apaciguadora de Watson, las luces de Londres se hubieran esfumado, dejando al 221B en la más aterradora penumbra.

Sherlock seguía demasiado molesto con Renata y Watson, pero él era... su mejor amigo. Nunca le había provocado ningún mal hasta ahora, y aunque se quejaba muy seguido, jamás había insistido tan violentamente en algún tema. ¿Acaso estaba celoso de la presencia de Serenity? De acuerdo, estaba muy enamorado de ella, ¡pero era su mejor amigo! Y el único, y ahora... ninguno.

-Renata. -dijo Sherlock, siguiendo las sombras de las calles.

Un golpe brusco y un chillido de dolor le advirtió de la presencia de la joven.

-¿Diga, señor?

-Quiero que cierres bien todas las ventanas. Hay gente extraña afuera. -Renata dio un respingo y echó a correr, temblando. Por fin, cuando cerró la última, vio a su amo desaparecer dentro de la pieza. Se quedó un rato contemplando la nada, pensando profundamente.

¿Porqué no se lo dijo? ¿Porqué no le dijo a Watson la verdad? La verdad es que sentía un escalofrío muy gracioso bajarle desde el nacimiento del cabello a las puntas de los pies cada vez que Sherlock le dirigía la palabra, aunque siempre que se la dirigía era con intención de reprenderla, y tampoco podía entender de dónde le venían las mariposas del estómago si él la tocaba, aunque cuando la tocaba era para empujarla y alejarla de su lado.

-¡Cielos! -pensó, desconcertada. -Eso quiere decir que soy maso... maso... bueno, esa gente a la que le gusta que la maltraten.

Luego recordó a Serenity, ella, hermosa, inteligente, valiente y gentil... Renata apenas sabía leer y escribir, le costaban trabajo los números y encima de todo tenía una voz chillona muy molesta y terrible de oír. ¿Cómo iba a poder competir con eso? Se miró al espejo y descubrió, a su lado, un tinte vegetal rojo que Sherlock llevaba probando varias semanas, buscando quizá una respuesta a las supuestas muertes por disparos de gente que "volvía a la vida". Renata se colocó un poco den tinte sobre los labios, que resaltaron como nunca. Sonrió, orgullosa de lo que veía, y fraguó un plan.

A la mañana siguiente, Sherlock la llamó repetidamente.

-¡Renata! ¡Renata! Diablo de jovencita, no se puede confiar en las mujeres. ¡RENATA!

-¿Me hablaba el señor? -dijo una fingida voz de gato. Sherlock vio aparecer a Renata, con un aspecto que lo dejó con la boca abierta: llevaba los labios tan rojos como la sangre, los ojos firmemente maquillados del color del carbón, la piel (al menos la del rostro) blanca como la de un cadáver, y el pelo lo había acomodado bajo un sombrero de gala rojo con un lazo púrpura. Llevaba un vestido atrozmente entallado de color azul fuerte, y mal caminaba usando tacones salidos de quién sabe dónde, por no hablar del escote tan marcado que llevaba.

Renata sonrió ante la mirada de su patrón, y continuó hablando como si maullara:

-¿Necesitaba algo? Quizá... ¿atención? -rió con una risita que pretendía ser musical, pero sonaba como gorgoritos de un pájaro agonizante.

-Renata, ¿qué...? ¿Qué demonios estás haciendo?

-¿Yo? ¡Oh, sólo probándome ropa, nuevas modas...! Laralala... nada más. -Renata sonrió seductoramente, y comenzó a mover la cadera de un modo parecido al de Serenity. Fue cuando, de pronto, Sherlock cayó al suelo, ahogándose por las carcajadas. Renata, bien sabemos, es de lenta reacción, y no pudo entender qué era lo gracioso.

-¿Señor Holmes, pasa algo divertido?

-¡Sí! -rió. -¡Tú!

-¿Yo soy divertida?

En ese instante, mientras Sherlock seguía revolcándose en el suelo de la risa, se oyeron unos golpes en la puerta. Renata abrió, deseando que se tratara de Watson, pero solamente vio a Serenity, hermosamente ataviada con un vestido dorado lleno de lazos, que se cerraba sobre el pecho con un broche de plata, y con los cabellos graciosamente atados en boucles. Al verla, también rió.

-¡Pero qué es esto! -preguntó. -¡Ha llegado el circo a Londres! ¡Ja!

Renata por fin comprendió el motivo de tantas risas, y se sintió morir cuando Sherlock se puso de pie, sujetándose las costillas, y diciendo:

-¡Renata! Yo... yo no sé de dónde se te ha ocurrido esa idea... ¡pero gracias! Nunca había visto algo más ridículo en mi vida.

La joven sintió sus ojos llenarse de lágrimas y, apartando de un empujón a Serenity, salió huyendo de la casa. Se detuvo de su loca carrera una calle después, mirando de un lado a otro con aprensión. Recordó entonces dónde vivía Watson desde la tarde anterior y anduvo hasta allá. Le costó trabajo, pues se perdió un par de veces, pero por fin dio con la casa.

Al entrar, Mary la miró como si estuviera loca, pero al reconocer a Watson, echó a correr hacia él, sollozando.

-¡Renata! -dijo mientras la abrazaba. -Criatura, ¿qué estás haciendo?

-¡Sherlock se...! ¡Se burlaron de mí!

-¿Quienes?

-Él... ella... ¡ayayayayay!

-Mary, prepárale una taza de té, por favor. Está muy consternada.

Renata le explicó brevemente lo sucedido a Watson mientras bebía el té. Watson la miró con dureza y repuso:

-¿Pero porqué lo hiciste?

-Creo que... quería llamar su atención. ¿Porqué? ¡No lo sé! -Renata se golpeó furiosamente las mejillas con los puños y se encerró en su berrinche, poniéndose colorada.

-¿Los dejaste solos... juntos?

-¡Sí! -Renata volvió a llorar más sonoramente. Watson la sujetó de un hombro y la echó a la calle.

-Óyeme bien, Renata, tienes un deber y debes cumplirlo pase lo que pase.

-¡Pero doctor Watson...!

-¡Me da igual! Ve y sigue como si nada. Y quítate eso, te ves horrenda.

Cerró con un portazo, y a Renata no le quedó otra opción que secar sus lágrimas y volver. Cuando llegó a la esquina de Baker Street y vio a Sherlock despidiéndose de Serenity con un beso en la mano, juró llena de furia:

-Jamás volveré a ser tan idiota como para tratar de ser quien no soy.

Entró a la casa muy altiva, se quitó el maquillaje y la ropa y se puso nuevamente su vestido azul normal. Hizo como que Holmes no existía y así pasó el día...

Por la noche, Renata trataba en vano de conciliar el sueño. La oscuridad la aterraba, igual que los sonidos violentos, y Londres estaba llena de sonidos. Cuando por fin comenzó a sentir un letargo delicioso... oyó un golpe sordo y unos pasos.

Renata era boba, pero tenía buen oído, y no le costó trabajo saber que esos pasos no eran de Sherlock. Lentamente se puso de pie en la cama, sin encender ninguna vela y, sujetándose de las paredes, llegó hasta la puerta que entreabrió y vio pasar dos siluetas irregulares. Con el corazón latiéndole en la garganta, logró oir dos voces:

-Entonces, ¿quién lo hace? ¿Tú o yo?

-Lo haré yo, tú eres muy torpe.

-Ah, pero...

-Quédate vigilando y ya. ¿Sí?

-Bueno, bueno... pero mátalo aprisa.

-El señor M nos pagará mucho por esto, ¿no te encanta?

Renata sintió un temblor en las rodillas. ¿Iban a matar a Sherlock?

-"¿Qué hago, qué hago"? -se preguntó, comiéndose las uñas. Los hombres se acercaban más y más a la puerta...

Vio a su lado, muy oportunamente, un pequeño bastón de madera pulido, perteneciente a Watson. Armándose de valor, y con el corazón palpitándole con violencia, tomó el bastón y se deslizó por entre la puerta, alcanzando a cuatro patas a los dos hombres. Se puso de pie y...

¡PUM! El primer golpe cayó sobre la cabeza de uno de ellos. Lo vio rebotar contra uno de los sofás y salir despedido al suelo. Su inesperado éxito la distrajo y recibió a cambio un puñetazo en el rostro. Renata cayó de espaldas mientras oía una voz gritar:

-¡Es una emboscada!

-¡No es ninguna emboscada, imbécil!

Renata se recuperó del golpe y blandió el bastón como si fuera una espada. Miró a su atacante, un rubio flacucho y cubierto de hollín, quien la ssostuvo de un brazo.

-¡Suelta eso, mocosa!

-¡No! -Renata le dio dos golpes con el bastón y lo vio perder el equilibrio y soltarla. Sintió mucho gusto, y después vio al segundo hombre acercarse con un cuchillo. Renata chilló de terror y echó a correr. "Si fuera Serenity", pensó, "sería valiente y ya los habría derrotado". Alcanzó la cocina y entró, dando traspiés, y alcanzó lo que quería: un cuchillo de pan. Lo blandió, amenaznado al sujeto, pero él le lanzó un mandoble y Renata perdió el equilibrio. De pronto, se vio atrapada por dos pares de manos que la jaloneaban como a un trapo, y se defendió a base de mordiscos y patadas, tal y como solía hacerlo si se sentía muy rabiosa. Siguió luchando ferozmente, pero cada vez le quedaban menos fuerzas. Le llovían golpes de un lado, patadas de otro, rasguños y jaloneos y, por fin, gritó:

-¡Socorro! ¡Soc...!

-¡Cállate! -dijo uno de los hombres, dándole un golpe en la boca. -¡Ay!

Renata cayó al suelo como un fardo y vio dos figuras luchando encarnizadamente, pero sólo duró un par de segundos, porque uno de los hombres cayó al suelo sin sentido. El otro se lanzó traidoramente contra el vencedor, pero sin ver ni cómo, también quedó fuera de combate. Oyó un resoplido en la oscuridad y vio al primero de los esbirros agitarse. Renata entonces tomó el bastón y, dándole en la cabeza, lo dejó por fin sin sentido.

Una voz la llamó en medio de la penumbra:

-¿Renata? ¿Eres tú?

-¿Señor Holmes?

Hubo un correteo y de pronto, la luz de una vela se encendió a pocos centímetros del rostro de Renata. Sherlock la observó por primera vez, no con furia o rencor, sino con compasión.

-Mira cómo te dejaron. ¿Qué pasó?

-Los oí entrar... -explicó Renata. -Dijeron que... iban a matarlo. Y yo... ¡sentí mucho miedo!

-Sí, lo veo, estás temblando. -Sherlock la sostuvo de los brazos y la ayudó a ponerse de pie. Renata cojeaba y no veía nada por la sangre de su rostro, pero se sintió reconfortada al sentir a Sherlock junto a ella... un segundo, ¿porqué? Le dio igual y se dejó guiar hasta su cuarto. Sherlock se dedicó a curarla mientras le preguntaba:

-¿Porqué, Renata? ¿Porqué peleaste si no sabes defenderte?

-Pues porque debía hacerlo. -concluyó ella velozmente. -Lo sé, fui una tonta.

-Sí. -Sherlock le colocó una bandita sobre la frente y luego, suavemente, le acarició la mejilla, sonriendo. -Una tonta muy valiente. Debo admitir que me había equivocado contigo, Renata, no eres tan inútil y cobarde como pareces.

-Oh, sí lo soy. -concluyó ella muy triste. Una lágrima rodó por su mejilla y Sherlock, muy amablemente, la secó. El tacto hizo que a Renata se le revolvieran las tripas de la emoción. Y se moría de ganas de... de saber...

-Por cierto, Renata, ¿los oíste decir algo? -preguntó Sherlock. -Mencionaste a un hombre.

-No sé. -dijo ella, volviendo a la Tierra. -Dijeron que los habían mandado. Un tal... señor M.

-¿M? -la mirada de Sherlock se endureció de pronto, y Renata pudo notar un chispazo de astucia en sus ojos grises. -Ahora comprendo todo...

Se puso de pie y salió de la recámara. Antes de cerrar la puerta, dijo:

-Y Renata... gracias.

La niña sonrió, feliz. Le dolía todo el cuerpo y se sentía mareada, pero por fin había conseguido algo bueno.

La verdadera aventura estaba por comenzar.


Próximo capítulo: CANCIÓN DE CUNA.

Sherlock y Watson se deciden a ir a buscar a lord Black. Pero un desafortunado error hará que Renata se convierta por fin en la joven valiente que en verdad es, y a averiguar qué demonios le está pasando.

¡¡CUMPLEAÑOS DE LOBITA!!

Sip, asi como lo leyeron, HOY ES MI CUMPLE!!

Pues han sido años laaaaaaaaargos y difíciles. También felices.

Pero aquí les va mi top de todos los cumpleaños que he tenido... y de los que me acuerdo, porque tengo memoria de coladera... ¬¬

1° No me acuerdo de ese, pero ps... waaaaa ya ven. Me pusieron un vestidito de muñeca de porcelana y me estrellé a mí misma contra el pastel. ¿Qué raro, no?

4° Me hicieron fiesta en el kinder. Mi pastel fue hecho por mi mami (:D) y estaba decorado con el dibujo de una casita con flores de azúcar.

7° Me llevaron a una plaza a que comprara toooooooodo lo que quisiera.

8° Me llevaron al zoológico. Estuvo maravilloso. ¡Pude tocar una serpiente!

9° Fui a otra plaza y cuando volví exahusta y bien almorzada, ¡vi que me habían regalado una mini computadora! Fue tan lindo... decoraron mi cuarto y todo el show.

11° Me regalaron mi primer celular. :)

12° Me regalaron un vestido y comimos pastel. (Como que cada año se volvían más tacaños, ¿no?)

13° Siempre finjo que de ése no me acuerdo. Estuvo más deprimente que un funeral ¬¬.

15° Me hicieron la típica fiesta... con un final atípico. Estuvo aburridísimo, pero la intenticón fue buena y se los agradezco con el corazón ;)

Pues ya, son todos de los que me acuerdo a ciencia cierta.

Y ustedes, ¿qué me van a regalar en mi cumple? ¡Vamos, los dejo con una imagen de lo que quiero!

martes, 9 de marzo de 2010

Cap. 3 ¿PORQUE ME LO ORDENAN O PORQUE QUIERO?


-No deberías ser tan cruel con ella. -le espetó Watson.


-Ella se lo ha buscado, no debió comportarse así.


-Renata es... sonsa... lo sé, pero no es mala chica. Digo, a diferencia de otras...


-¿Ya vas a empezar con eso? ¡Dime que también te gusta y listo!


-Qué estupidez.


Sherlock miró de reojo a Watson y dio un largo suspiro.


-Lo haré, pero deberá prometerme no volver a hacer eso. ¿Sí?


Watson ni siquiera se dignó a mirarlo a los ojos. Se sumergió entre las sábanas y Sherlock caminó hasta el cuartito contiguo, donde dormía Renata. La joven seguía llorando la vergüenza y el miedo, y cuando vio a su patrón se puso de pie, amilanada.


-Siéntate. Renata -a Sherlock le estaba costando trabajo, no le era nada fácil disculparse con la gente, y menos si esta le desagradaba. -quiero decirte que... tu proceder fue... malo.


-¿Malo? -Renata no se atrevió a mirarlo.


-Sí, pero, estaba pensando que después de todo... ya que vamos a...


-¿Sí?


-Lo que quiero decirte es que lo... la...


De pronto se oyeron unos sollozos ahogados en la puerta. Sherlock salió del cuarto, seguido por Renata, y al llegar a la entrada vieron a...


-¡Serenity! ¿Qué...?


-¡Ay, Sherlock! -la delicada y agotada mujer hizo ademán de desmayarse, y Sherlock tuvo que arrastrarla al interior de la vivienda y acostarla en un sofá para que se recuperara. Watson salió de su habitación y, al verla, miró de reojo a Renata, que negó furiosamente con la cabeza.


-Serenity, ¿qué ha pasado?


-Lord... Lord Black...


-¿Tu padrastro? -Sherlock sintió que la sangre le hervía en las venas. -¿Qué ha hecho?


-Me ha seguido... me persiguió... como a un animal... eran muchos esbirros... -Serenity parecía al borde del colapso.


-¿Y cómo te libraste?


-Los perdí y cuando sólo quedaban dos, los ataqué y los dejé sin sentido.


-¿A poco sabes pelear? -preguntó Watson, incrédulo.


-Pues sí. ¿Qué otra cosa puede hacer una delicada e indefensa dama en éste mundo? -Renata la miró con cara de pocos amigos. Sherlock siguió consolándola tranquilamente hasta que Serenity suplicó: -Señor Holmes, se lo ruego, déjeme quedarme aquí, sólo por una noche.


-Ah... bien pero... no tenemos habitaciones... Tendrás que dormir conmigo.


Serenity sonrió apaciblemente, y Renata gritó de pronto:


-¡No! No es necesario. -todos la miraron. -Yo... puedo cederle mi habitación. -sonrió con inocencia mientras Serenity arrugaba la nariz.


-Creo que puedo dormir con el señor Holmes, "niña".


-Creo que no. -Renata miró a Watson y levantó discretamente un pulgar. Sherlock miró ya a una, ya a otra, y sentenció:


-De acuerdo. Ya que me queda. Renata, vete a dormir a la sala.


-¿Con el perro? -preguntó. Sherlock asintió brevemente. -Bien...


Serenity, con cara de pocas pulgas, desapareció en la pieza de Renata. Ella se hizo un ovillo en un sofá y comenzó a dormitar acariciando la cabeza del cachorro. De pronto, los ladridos del animal la despertaron y vio, en la penumbra, la silueta perfecta de Serenity deslizándose hacia la habitación de Sherlock.


"¿Y ahora qué hago?" se preguntó. Tomando una almohada, caminó hasta la puerta y, de pronto, dijo:


-¿Señorita Serenity? No puede pasar.


-¿Porqué no?


-Porque es incorrecto. ¿Una dama entrando a altas horas de la noche a una habitación de un hombre? No es bueno.


-¿Y qué más da lo que piensen? Yo me he cuidado sola y mi vida...


-Sí, su vida trágica. -dijo Renata. -Ah, como sea. Pues bueno, dormiré.


-Sí. ¡Pero no...!


Renata se instaló cómodamente frente a la puerta, seguida por el perro de Watson. Le mostró sus colmillos a Serenity y ésta, derrotada, partió a su habitación.


Renata durmió mal toda la noche, y al amanecer se encontró con Serenity en la cocina, cantando:


Cuando se tiene un gran amor,


Y tú lo amas


No debes mirar las nubes cubriendo el soooooool


Debes reír,


Nunca llorar,


Y a tu amor cuidar....


¡Que salga el sol!


¡La luna ya!


Para confesarte mi eterno y sincero amor...


-Pues sí canta hermoso. -pensó Renata, fascinada por las notas que Serenity alcanzaba con su suave y melodiosa voz. La joven miró a sus espaldas la puerta de la habitación de Holmes y, parpadeando, recordó la primera vez que lo vio. Sintió algo caliente subirle a las mejillas y, de pronto, adquirió valentía y caminó derecho a Serenity. Ésta la miró algo consternada.


-Hola, niñita.


-Sé lo que planeas. -dijo Renata. -Y te diré algo... y no voy a repetirlo dos veces... ¡desiste!


-¿Qué?


-Desiste. Mejor deja al señor Holmes en paz o si no...


-¿O si no qué? -Serenity era más alta que Renata, y pesta se echó para atrás, asustada. -Óyeme bien, toda mi vida he soñado con ser feliz, y ninguna mocosa caprichosa va a quitarme eso, ¿oíste?


-Yo... no lo creo así. -dijo Renata. -El señor Holmes es... muy listo y se dará cuenta de quién eres en realidad.


-Observa. -susurró. De pronto, comenzó a llorar muy histérica y a decir con voz acongojada: -¡No es justo! ¿Porqué, Renata? ¿Porqué me dices eso? ¡Tú... tú no sabes lo que ha sido mi vida!


-¿Qué? -Renata miró atrás y vio a Sherlock, observándola nuevamente con odio, y a Srenity llorando a lágrima viva.


-¡Oh, Renata, no todos pudimos tener una... una vida feliz co-co-como la t-t-t-tuya!


-¡Renata! ¿Qué ha pasado? -preguntó Sherlock.


-¡Renata me ha dicho...! -gemía Serenity, mostrando dotes de gran actriz. -¡Me ha dicho que... que yo no te merezco... que sólo soy una pobre callejera...! ¡Y yo... yo...!


Sherlock trató de abrazar a Serenity, pero ésta salió huyendo en cuanto Watson apareció en la sala, preguntándose porqué había tanto alboroto. Sherlock miró a Renata. Ella, desconcertada, tartamudeó:


-Y-y-y-y-yo no le h-h-h-h-h-he d-d-d-d-dicho n-n-n-n-n-n-nada. ¡Lo juro!


-Está mintiendo acaso?


-¡Sí! -dijo ella, palideciendo.


-No te creo.


-¡Holmes! Tú nunca le crees nada a nadie, ¡sólo le crees a Serenity! -dijo Watson. Renata, que temblaba de pies a cabeza, asintió.


-¿Y qué más da, Watson? ¡Ha sido la única sincera conmigo!


-¿En serio? ¡Mira lo que ha hecho contigo, no piensas, no trabajas! ¡Eres un maldito vegetal!


-¡Ah, eso crees tú!


-¡Y encima de todo, tú sí puedes coquetear con ella y yo no puedo ni visitar a Mary!


-Y tú te la pasas efendiendo a ésta... -Sherlock señaló a Renata, que dio un respingo. -a ésta mocosa. ¡Una tonta mentirosa!


-Se acabó, Sherloc, elige: o Serenity... o yo.


El rostro de Sherlock palideció un momento, y casi estuvo a punto de decirle algo a Watson. Pero lo pensó mejor y sentenció:


-Pues ve empacando tus cosas.


-¡No! -Renata vio a Watson asentir lentamente y echó a correr tras él.


Durante media hora reinó un silencio aplastante en toda la casa, y al final Watson salió del 221B, seguido por Renata.


-Tú debes quedarte aquí. Cumple la orden que te he dado. -le dijo Watson.


-Pero... yo... -Renata no sabía cómo expresar su sentir. Desde la noche anterior, la presencia de Serenity la molestaba como nada, y no era su simple presencia, sino... la razón por la que estaba ahí. -No sé si... pueda...


-Deberás hacerlo. Debes salvar a Sherlock. -dijo Watson. -Yo me iré al 36 de Fleet, con Mary. Búscame si quieres, pero mejor... no.


Watson tomó entre sus manos las manos de Renata, la besó en la frente y se despidió con un fantasmal:


-Te deseo suerte, Renata.


Sherlock, desde la ventana, miraba alejarse a su único amigo para siempre.




Siguiente capítulo: VALENTÍA


Gente extraña, oscuridad, intento de asesinato... Renata está sola y debe tomar una desición, seguir siendo la criatura miedosa que siempre ha sido o probar su valía a Sherlock antes de que sea demasiado tarde.




lunes, 8 de marzo de 2010

Capítulo 2. Creyéndose la heroína




Pues ahí les va la segunda parte, ¿sip?




A la mañana siguiente, es doctor Watson salió muy temprano luego de desayunar. Sherlock seguía muy dolido con él por interrumpirle el "momento de telenovela" con Serenity y además le guardaba rencor a Renata, que lo miraba de reojo con miedo. Ella no quería molestar a nadie, por lo que se comía las uñas ante la idea de tener que hacer de mosca con su nuevo patrón y la dama bonita.


-Y no sólo bonita, sino lista y valerosa. -admitió para sí misma mientras tomaba los restos del desayuno. Watson la alcanzó, la sostuvo de un brazo y le susurró:


-Recuerda mi orden, Renata. Te lo suplico, es de vida o muerte.


La joven asintió distraídamente, y continuó con los quehaceres de siempre mientras Sherlock se ponía a trabajar. De hecho, llevaba mucho tiempo sin trabajar: en realidad se encerraba en su laboratorio y probaba un montón de químicos que usualmente explotaban, pero le daba igual: Serenity ocupaba todo su pensamiento.


__________________________________________________________________


-Serenity, la joven más hermosa e inteligente de todo Londres. -suspiraba lord Black. Era un hombre alto, horroroso y de carácter hipócrita, pero solamente tenía una debilidad: Serenity Baudeleire. -¿Alguno de ustedes, tontos, ha averiguado dónde está?


-Aún no, amo. -admitió uno de sus esbirros. -Pero la encontraremos muy pronto. Sabemos qué lugares frecuenta.


-Y sabemos otra cosa. -dijo el otro. -Creemos que tiene ya un pretendiente.


-¿Qué? -la cólera de lord Black estalló repentinamente. -Eso sí que no, señores. ¿Quién se atreve a posar sus ojos siquiera en ésa magnífica criatura?


-Quién sabe, pero suponemos que debe de ser rico, porque le compró un hermoso vestido rojo.


-Hmm... vestido rojo, ¿ah? Tengo un plan... -lord Black sonrió malvadamente.


Mientras tanto, en el 221B de Baker Street, Renata se afanaba en las labores domésticas, cantando con voz chillona y desagradable que estuvo a punto de quebrar los vidrios, cuando escuchó unos gritos provenientes de la calle:


-¡Alguien está agonizando ahí dentro!


-¿Tienen un papagayo enfermo o qué?


-¡Vaya! -se lamentó la joven. -Oh, pues dejo de cantar y listo.


Unos golpeteos armoniosos y musicales (ash, qué flojera) se oyeron en la puerta. Renata dejó la escoba y corrió a abrir. Cual no fue su sorpresa al ver en la entrada a Serenity, hermosamente ataviada con un vestido color verde esmeralda que resaltaba sus atributos. Sonrió con delicadeza y preguntó:


-¡Renata, querida chiquilla! ¿Dónde está el señor Holmes? Me urge hablar con él.


-Eh... pues... -Renata recordó de sopetón las palabras de Watson y dijo, con su tono de voz más convincente: -Salió con el doctor Watson. Y van a volver hasta... hasta... dentro de... un día o dos...


Serenity giró los ojos con pesar y luego replicó:


-Escúchame bien, cuando vuelva el señor Holmes, dile que me busque.


-Uy, no puedo dejarle ese recado.


-¿Porqué no?


-Ah, pues porque no puedo pasar recados. -Renata sonrió con inocencia.


-¿Y porqué? ¿No sabes dar recados a qué?


-Sí, sí sé, pero... es que... yo... él... ellos... -Renata sintió cómo la lengua se le trababa y dejó de hablar, poniéndose roja como tomate.


Serenity, que tenía muy buena dicción, le dijo burlonamente:


-Pues le dirás. Le dirás que lo he buscado y que no quiero que juegue más con mis sentimientos.


-¿Sentimientos? ¡Ah, sí, eso! Pues debe saber que... eh... -a la joven no se le ocurrieron más mentiras y mejor cerró la puerta con un golpe. El grito de dolor de Serenity le pasó desapercibido.


Fue cuando Holmes se asomó desde su puerta y preguntó:


-He oído mal, ¿Renata? ¿Serenity estuvo aquí?


-¿Serenity? -Renata abrió mucho los ojos, acrecentando su aspecto de muñequita de tela mal hecha.


-Sí.


-¿La muchacha bonita de pelo rubio y voz melodiosa que tanto le gusta?


-Este, sí.


-No la conozco. -sentenció ella, siguiendo con sus deberes. Otra vez se oyeron unos golpes en la puerta y Renata fue a abrir. Le sorprendió salir disparada a la pared cuando Serenity entró a la brava, con sangre saliéndole de su hermosa nariz y empapada de llanto. Aún herida y con la nariz rota, se veía encantadoramente hermosa.


-¡Niña mentirosa! -lloró, señalándola con un dedo. -¡Me ha dicho que no estabas aquí! -le gritó a Sherlock.


-¡No, no está aquí, él es... es... el doctor Watson disfrazado! -"Soy una estúpida", pensó poniéndose colorada.


-¡Y también me dijiste que el doctor Watson no estaba!


-¡Ups! -


-Ya me arreglaré contigo, Renata. -dijo Sherlock, y luego volteó a ver a Serenity. -Pobrecilla, lo lamnto mucho... no tengo la culpa de que sea una mentirosa, a ver, te curaré la nariz. Aunque no es necesario, se ve muy linda.


-¿Te complace mi dolor? -preguntó con voz mitad furiosa mitad seductora. Los dos entraron al laboratorio y Renata, inmediatamente, cumplió la orden al pie de la letra y entró tras ellos unos momentos después, en cuanto se recuperó del shock. Los encontró abrazados, con Serenity sentada en las rodillas de Sherlock mientras él trataba de curarla. Al verla, la joven y hermosa mujer dijo con voz molesta:


-¿Y porqué está esta chiquilla aquí?


-Renata, fuera. -ordenó Holmes.


-Lo siento, no puedo.


-¿Cómo que no puedes?


-Ay, señor es que...


Sherlock se puso de pie y jaló a Renata de un brazo hasta sacarla del laboratorio. Ahí, le preguntó con una voz amenazadora:


-¿Watson te ordenó hacer esto?


Renata negó con la cabeza, muy aterrada. Estaba de un espantoso color blanco.


-Bueno, ¿porqué no vas arriba a limpiar el cuarto de ls cachivaches?


-¡Ay, no! -Renata se mostró aún más asustada. -Está muy oscuro ahí, y hay bichos y... ¡no iré!


Detrás de la puerta, Serenity sonrió. Así que la nenita le tenía fobia a la oscuridad, ¿no?


-Sherlock. -salió exhibiéndose con su aspecto de musa adorable. -¿Pasa algo malo?


-Para nada, Renata estaba a punto de ir a arreglar un cuarto.


-¡Oh! Quisiera que me acompañana un segundito o dos afuera, creo que se me ha olvidado algo. -Serenity sonrió fascinada, dejando a Sherlock atontado. Tomó a Renata de un brazo y la arrastró al exterior. Ahí, le susurró al oído con malicia:


-¿Le tienes miedo a la oscuridad, criatura?


-¿Yo? No, para nada, ¿cómo cree? -pero ya había palidecido, y eso la delató.


-Bueno, entonces no te molestará abrir ése ático por mí. -Serenity señaló el ático al lado de la casa. Temblando, Renata abrió la oscura caja, al mismo tiempo que Serenity la empujaba al interior. Renata estaba fuertemente aferrada a ella, chillando:


-¡No, no! ¡Por favor, no!


-¡Adentro, entrometida mentirosa! -Serenity fue más lista y fuerte que Renata, y logró encerrarla. Renata vio con pavor cerrarse la puertecita y oír a Serenity alejarse. Comenzó a aullar, histérica y muerta de miedo.


-Bueno. -Serenity volvió al laboratorio. -¿En qué estábamos?


-Te deshiciste de ella, ¿cierto? -Sherlock sonrió, fascinado por la astucia de la dama. Ella lo miró seductoramente, como era la costumbre.


-Fue fácil, un gato sabe cómo quitar a un ratón de su camino.


La conversación siguiente fue la misma que de costumbre: era un tira y afloja imposible que usualmente culminaba en un beso apasionado con tintes de algo más, pero justo cuando Serenity había logrado someter a Sherlock a sus encantos, y ya estaban besándose, se oyó un golpe furioso de la puerta y, de la nada, el peso que Sherlock sostenía en las rodillas se duplicó. De la nada, Serenity cayó de espaldas en el piso y sólo era posible ver dos relámpagos (uno verde, otro negro) agitándose furiosamente. Por fin una vocecilla molesta se elevó en el aire:


-¡Eres una...! ¡Me encerraste en el ático! ¡Me encerraste!


-¡Suéltame, escuincla!


-¡Ya las dos! ¡Basta!


Watson entraba justo en ese instante y, al ver la pelea de gatos, no pudo menos que farfullar:


-¿Pero qué... cómo...?


Por fin, Serenity le dio un puñetazo a Renata, que la lanzó lejos y se alzó del piso, con los hermosos cabellos revueltos y la cara manchada de polvo. Y, aún así... se veía preciosa. Renata, en cambio, estaba hecha un ovillo en la entrada, manchada de polvo, con el rostro horrorosamente crispado y sangre saliéndole de una ceja. Sherlock abrazó intensamente a Serenity y ella se alejó, chillando:


-¡Te lo juro, sólo le jugué una broma! ¡Yo no sabía que le tenía fobia a la oscuridad!


-¡Sí lo sabía! -chilló Renata.


-¡Tú, silencio! -Sherlock acompañó a Serenity a la salida y, cuando la despidió dulcemente, asegurándole que le creía ante todo, volvió. Watson estaba atendiendo a Renata, que seguía consternada por el episodio sufrido en el ático. Al ver el odio impreso en los ojos de Sherlock, se amilanó.


-Renata. Yo no sé qué mosca te ha picado, pero tu comportamiento el día de hoy... No sé si pueda seguir dándote trabajo.


-¡No! -rogó la joven. -¡Lo siento tanto, señor Holmes, pero ella...!


-Ella no te ha hecho ningún mal, en cambio tú...


-Solamente te recuerdo -dijo Watson, mientras le limpiaba la sangre a la chiquilla. -que yo pago la mitad de este lugar, por lo tanto, yo digo que se queda.


-¡Tú viste lo que hizo! -dijo Sherlock.


-Es que... reacciono muy mal si me enfado... o me asusto... ¡Ay! -Sherlock acababa de soltar un puñetazo en la puerta y Renata se espantó. -¡Basta, por favor!


Sherlock siguió mirándola con furia, y no sintió piedad alguna por ella al ver sus ojos llenarse de lágrimas. Por fin suspiró y dictaminó:


-Te puedes quedar, pero con una condición: que nunca más le dirijas la palabra a la señorita Serenity... ni a mí. Ni me mires. -añadió al ver los ojos de la joven clavados en él, aterrados. -Hasta que aprendas a ser más amable y respetuosa.


-Sñoer Holmes... -Sherlock salió del laboratorio mientras Watson seguía lavando y curando la herida. Ella le retiró suavemente las manos y musitó: -Lo siento mucho, doctor Watson, fallé.


-Ya me dí cuenta. Pero no importa, sigue esforzándote.


-Yo no sé... no sé porqué... -Renata comenzó a divagar, buscando las palabras para describir lo que sentía, le costaba más trabajo que a Serenity. -Cuando salí de casa, escuchaba historias fantásticas del señor Holmes... y... ahora...


-Por eso necesito que te esfuerces más. -le suplicó Watson. Por fin terminó de curarla y se puso de pie.


-Por cierto, doctor, ¿a dónde se fue usted hoy?


-¿Yo? Con Mary. Sherlock no me deja verla, ¡ah! pero él sí puede coquetear con Serenity, ¿no?


Y muy enfadado salió de ahí, mientras Renata seguía pensando.


Lejos de ahí, algo mucho más grave y peligroso amenazaba con cambiar las vidas de Holmes, Watson y Renata para siempre. Algo oscuro y fatal.




Siguiente capítulo: ¿Porque me lo ordenan o porque quiero?


Renata sigue atendiendo a la regla de vigilar a Sherlock y a Serenity, aunque le cuesta trabajo, porque ella llega de la nada y se refugia con ellos, echando a Watson, quien elige marcharse para siempre del 221B. Pero hay problemas más graves, pues Renata ya no sabe si obedece la orden porque Watson se lo pidió o porque de verdad odia a Serenity.








FUE UNA NOCHE MUUUUUUUUUUY LARGA... ¡PERO LO VALIÓ!

Pues da la graciosa casualidad que ayer me senté a ver los oscars, y pues ya me aventé un trocito de la alfombra roja con Sandra Bullock (que ganó oscar a Mejor Actriz), Merryl Streep, Taylor Lautner (que, por si les interesa -yo creo que no -presentó las películas de terror, una especie de tributo o algo así, ni me pregunten porque no lo vi), los super loosers de Zac Efron ¬¬ y Miley Cyrus (doble ¬¬) quien se sentía la diva de la noche y, pues, la verdad... el vestido le quedaba del nabo. Ah, bueno.
Y empezó la ceremonia con un mini numerito e baile estilo Broadway que, a mi parecer, fue una imitación barata del baile de "Musical are Back!" de Hugh y Beyoncé del año pasado (Dios bendiga a los dos, me causaron mucha alegría :D) y luego la extremadamente ABURRIDA presentación de Alec Baldwin y Steve Martin que, la verdad, me dio harto sueño. Bueno, ni siquiera a George Clooney le causó risa (igual y como que andaba de amargosito ayer, pero en fin...). Pues presentaron a unos cuantos ganadores como el de Bastardos sin Gloria, Up (¿recuerdan al perrito? Hoooooola... ¡ardilla!...hooooooola), mejor no-me.acuerdo-qué-caramba y... ¡el momento que venía esperando!
Voz de Fondo 2: ¿El final?
Yo: Nop.
Voz de Fondo: ¿Ver a Avatar llevarse únicamente 3 premios y ver a la ex de James Cameron llevarse premios?
Yo: ¡No! ¿A quién le importa Avatar?
No, me refiero a la entrada espectacular de...
ROBERT DOWNEY JR!!
Ok, no estaba nominado a nada, tampoco ha ganado un oscar (ya van dos años que lo nominan y mismos dos años que le dicen "gracias por participar") y mucho menos era parte del grupito dinámico que dizque iba a animar la noche, presentó el más humilde (y menos interesante) de los premios: el de Mejor Guión, con una actriz que ni me acuerdo cómo se llamaba.
¡Y empieza el rally! Entré a Internet primero rompiéndome la nariz contra la silla y luego entré al Twitter y empecé a armar la linea de #robertdowneyjr (para quienes no lo sepan, el signo # significa que es un tema famoso) y los mensajes empezaron a volar. Durante media hora twiteé, retwiteé, añadí fans de Robert a mi cuenta y un largo bla bla bla que para qué les cuento, todo este revuelo por míseros ¡dos minutos de verlo con una corbatita azul y oír su ronca voz! Sin contar sus lindos ojos con forma de huevo kinder escudados tras unos lentes a la moda. Sí, el señorito tiene su ego...
Y así sucesivamente, en menos de dos minutos estaba yo armando tal revuelo por internet que ni las fans de Justin Bieber, ni las fans de Miley Cyrus ni las fans de Jonas Brothers (sorry, F) pudiero ganarle en popularidad, por una gloriosa media hora...
Sip, valió la pena. :)


P.D Ganaron muchas personas, pero en cuanto Robert ya no presentó nada y literalmente desapareció de mi T.V, le apagué y no me enteré de nada más.

domingo, 7 de marzo de 2010

CAPÍTULO 1. LA INTRUSA, NUESTRA SALVADORA




Fanfic: ¿Amor? Ya lo veremos.


Clasificación: apto para mayores de 10 años.


TIPO: Hurt/comfort ADVERTENCIA: Mary Sue vs Ana Sue


Bueno, aquí vamos con la historia, ¡deseenme suerte!




Para que sepan los preliminares, Sherlock se enamora "accidentalmente" de Serenity Baudeleire, una hermosa joven de 20 años, hija de unos nobles adinerados, que termina en la calle sobreviviendo sólo gracias a su maravillosa voz y magnífica belleza luego de una infancia atormentada. La descripción va así: una joven de rostro angelical, ojos azules y profundos como dos ventanas al alma, pelo largo, sedoso y del color del trigo, labios rojos y sencillamente perfectos, cuerpo perfecto, piel blanca, suave y perfecta, una inteligencia increíble y que sueña con encontrar a su gran amor. Y lo mejor es que... lo ha encontrado. ¡Es Holmes!


Ok, esta historia empieza durante uno de los múltiples intentos de Serenity de enamorar al detective (sé de buena fuente que no le faltan más de diez segundos para lograrlo ¬¬).


Sherlock miraba con los ojos como platos a la hermosa muchacha paseándose de arriba abajo con su vestido de seda rojo, que resaltaba aún más su belleza.


-Oh, Sherlock... -suspiró Serenity, posando sus encantadores y bla bla bla ojos azules en el cohibido detective. -Si tan solo supieras... cuánto te quiero...


Se le acercó con intenciones bastante obvias y, sonriendo con triunfo, lo abrazó apasionadamente y, cuando iban a besarse...


-Holmes, oye, ¡oh!


Era Watson. Serenity se enfadó y, fingiendo inocencia, dejó a Sherlock en paz, y éste, molesto porque le interrumpieron el "momento de la verdad", dijo:


-¿Ahora qué, Watson?


-Es que hay alguien buscándote, una señorita.


-¿Una señorita? -preguntó Sherlock, confundido.


-¿Una señorita? -dijo Srenity, poniéndose roja y con los celos hirviéndole en la sangre azul (sí les mencioné que es una noble, ¿cierto?).


Watson se retiró de la puerta y dejó pasar a una muchacha. De un solo vistazo, Serenity decidió que aquélla mocosa no podía ser enemiga: era delgada, más o menos alta, aunque más bajita que Serenity, con el pelo castaño oscuro corto y revuelto, ojos también castaños y llevaba una blusa blanca algo gastada debajo de un vestido azul claro sin mangas.


-Buenas noches. -le dijo Holmes a la joven, que hizo una breve inclinación. -¿Quién es usted?


-Me llamo Renata, señor, Renata Archer. -respondió la aludida. -Perdone que venga tan tarde, señor Holmes, pero he escuchado en la calle que usted necesitaba una sirvienta.


-¿Quién dijo eso?


-La señora... cómo se llama... Hudson.


-¡Yo no pienso volver a lavarle la ropa en toda mi vida! -chilló la señora Hudson, asomada en el resquicio de la puerta. Luego desapareció.


-Ah, bueno. -Sherlock miró con duda a Serenity, quien tenía la perfectamente esculpida nariz arrugada por el enfado. -Oh, lo siento, señorita... ¿cómo dijo usted que se llamaba?


-Renata.


-Renata, le presento a la señorita Serenity Baudeleire.


La joven Renata quedó al principio fascinada por la belleza imposible de Serenity, quien la saludó con una sonrisa que retendía ser encantadora, pero que lanzaba una clara advertencia: "Te le acercas y te juro que..."


-Mucho gusto... señorita Baudeleire. Y, ¿es hermana del señor Holmes?


-¡Hermana! -exclamó la mujer, escandalizada. -¿Qué acaso me veo tan vieja?


-Tú dijiste el otro día de mí que... -empezó Holmes.


-¡Esta niña no te conviene, Sherlock! -sentenció la taimada dama. -Y buenas noches, vendré a verte cuando haya menos pajarracos en el tejado.


Poniendo un gesto dramático en su hermoso rostro, Serenity desapareció tras la puerta, con lágrimas brotándole como cristales de sus magníficos ojos. (Ay, qué flojera describir una Mary Sue).


-¿Qué mosca le ha picado? -preguntó Renata, que no había entendeido ni jota de lo pasado.


-Pobre, ha tenido una vida dura. -le explicó Sherlock. -Cuando era niña, quedó huérfana por culpa de un hombre que asesinó a sus padres, los condes Baudeleire, y luego la adoptó un hombre bruto y cruel que pretendía explotarla y un montón de cosas más, y ahora sobrevive como puede cantando en las calles. Tiene una voz hermosa, ¿sabes? como el coro de los ángeles... y es tan hermosa y lista... ella es, definitivamente, la mujer perfecta.


-Este... sí. -Renata seguía sin entender lo que pasaba, era algo lerda cuando estaba conmocionada. -Pues como le decía, señor Holmes, necesito trabajo.


-De acuerdo. ¿De dónde vienes?


-Pues mi familia tiene una granja al sur del país. -dijo Renata. -Bueno, mejor dicho tenemos vacas y vendemos leche. Pero como yo era muy torpe para el trabajo, me mandaron a Londres para servir de criada. De lo que me paguen les mandaré una parte, digo, para los gastos.


-¿Tienes una historia triste?


-¡Para nada! -espetó Renata. -Siempre he vivido normal, ni muy rica, ni muy pobre, no tengo parientes adinerados o importantes ni nada de eso.


-¿Tienes alguna habilidad especial? -preguntó Sherlock, recordando la bellísima voz de Serenity.


-No. Bueno... sé leer y escribir. Y me gustan los caballos y los perros.


"En definitiva es una completa doña nadie", pensó Sherlock, recordando a Serenity.


-Entonces, ¿sí me da el trabajo?


-De acuerdo. Pero debes trabajar duro.


-¡Sí, por supuesto, y de inmediato! -Renata se puso de pie y corrió hacia la cocina para preparar la cena, pero se tropezó y se dio en la nariz con el borde de la puerta. Era bastante sonsa.


-¿Estás bien? -le preguntó Sherlock.


-Sí, es que soy algo corta de vista... -Renata rió con una risa algo chillona, nada que ver con la melodiosa risa de Serenity. Luego se puso como tomate y siguió hasta la cocina.


Watson entró y se puso a hablar con Sherlock.


-¿Qué estabas haciendo con Serenity?


-Yo... estaba...


-Déjame adivinar, intentó provocarte otra vez. ¿Cuántas veces lleva, cuatro?


-Cuatro y medio, como nos interrumpiste...


-Oye, creo que urge más darle sustento a una chica que besuquearte con otra.


-Pero si conocieras a Serenity... -Sherlock sonrió como tarado. -Es tan hermosa... pobrecilla, ha sufrido tanto...


-Sí ajá. ¿Acaso no ves qué está haciendo contigo? -preguntó Watson. -¡Está volviéndote un deserebrado! Ya no atiendes crímenes ni piensas con lógica ni nada. Dile que se vaya al...


-¡No puedo decirle eso! -gritó Sherlock. -Caray, es imposible. Imposible olvidarse de ella...


-Es un caso perdido. -se lamentó Watson mientras Renata, silenciosamente, servía la cena.


-¿Desean algo más los señores?


-No, para nada. -dijo Watson, mientras Sherlock tarareaba una cancioncilla tonta. -Sí, algo más, señorita Renata, venga...


Watson le susurró algo al oído, de modo que Sherlock no oyera. Renata frunció el ceño.


-¿Que quiere que haga qué? -Watson volvió a decirle. -Pero, ¿para qué?


-¡Solo hazlo si!


Renata se encongió de hombros, sostuvo la tetera llena de agua hirviendo, se acercó a Sherlock y le vació el agua en la cabeza.


_¡Ay! ¡Ay! -gritó él, muy molesto. Miró a Renata y a Watson. -¿Porqué lo hiciste, niña?


-Pues... el señor Watson... -Renata tartamudeó y salió huyendo, con la tetera todavía en las manos.


-¡Watson, idiota! -chilló Sherlock en dirección suya. -Hazme el favor de no volver a ordenarle cosas a Renata, ¿sí?


-Solo hasta que recuperes la razón. -sentenció Watson. Se puso de pie y dejó a Sherlock farfullando. Alcanzó a Renata en la cocina, quien ofrecía un gesto triste.


-¿Pasa algo, Renata? -le preguntó Watson.


-Es que... me sentí mal por lo que le hice al amo. -dijo ella sencillamente.


-Es por su bien. Escucha. -Watson bajó la voz. -La señorita que tú viste, Serenity...


-¿La rubia bonita con el vestido rojo?


-Ésa misma, está jugando con Sherlock de la manera más vil que se te ocurra. Por eso te voy a dar una orden, y sólo una: nunca permitas, bajo ningún concepto, que Sherlock y Serenity permanezcan mucho tiempo a solas. Y tampoco menciones que te lo ordené a nadie, ¿sí?


-Bien. -Renata asintió y sonrió. Como consuelo había que admitir que, con todo y que Renata era una persona común, algo tonta, asustadiza, sin mucho mundo y con una voz chillona algo desagradable, tenía algo bueno: un corazón de oro oculto bajo la máscara de la estupidez. Y no solo eso, tenía una mirada amistosa.




Próximo capítulo: Creyéndose la heroína.


Renata sigue al pie de la letra las instrucciones de Watson, pero le cuesta mucho trabajo. Su cobardía no alcanza límites y termina revelándole sin querer su mayor fobia a Serenity, quien decidirá utilizar ésa arma para alejarla definitivamente de Holmes.




¿Cómo me está quedando? ¿Bien? ¿Mal? Los dejo. Adiosito!!